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codependencia

cuando yo ataco a alguien

cuando yo ataco a alguien

Me sucede, y a veces sin darme cuenta, aunque si quiero ser sincera, a veces sí me doy cuenta pero igual me voy con todo. Pero como decía, me sucede: palabras o acciones mías han lastimado u ofendido a otra persona, y poco importa si han sido involuntarias o si, según yo, he tratado de expresarme con el mayor tino posible. En mi caso, pueden darse algunas circunstancias:

  • En un momento determinado he tenido intención de ofender y he dicho cosas que han lastimado a otra persona.
  • Mi intención no ha sido la de ofender, pero la otra persona se ha sentido herida por lo que he dicho o hecho. A veces, me ha sorprendido una reacción desproporcionada por lo violenta, por lo grosera, ante lo que yo pensaba una simple expresión de una opinión, y entonces me cuesta trabajo no ceder a la tentación de responder igual y así provocar que la espiral de violencia crezca hasta niveles impredecibles.

En ambos casos, existe malestar, tristeza, a veces relaciones dañadas de por vida. Muchas veces nos quedamos enganchados en el suceso y las reacciones. Entonces, ¿qué hacer? De mi experiencia personal, puedo mencionar algunas sugerencias:

  1. Lo primero, la prevención: si tengo duda, mejor callar; si el impulso de contestar de mal modo o de sostener una discusión es irrefrenable, abandonar el escenario peligroso. Evitar temas polémicos como la política, la religión y las alusiones familiares o personales, o el tan manido recurso del recuerdo de sucesos o agresiones pasadas. Y si decido quedarme, entonces asumir las consecuencias. Poner como norma y regla siempre hablar en tono moderado, no emplear palabrotas a no ser que sea sin estar molesta y en un ambiente de extrema confianza, y sobre todo ponerme una alerta roja en lo que a sarcasmo e ironía se refiere. Expresar en oraciones descriptivas cortas y ordenadas (sujeto y predicado) aquello que quiero decir. Olvidar los recursos literarios para facilitar una comunicación simple y transparente. Olvidarme de pretender demostrar inteligencia superior, sobre todo si la relación realmente me interesa.
  2. Si se da la ofensa y estoy consciente de ella, saber disculparme. Con frecuencia pedir perdón resulta agresivo ("yaf, perdóname", "ya te pedí perdón, ¿qué más quieres?", "¿acaso no eres capaz de perdonar?") porque además de haber ofendido le damos a la persona en cuestión el trabajo extra de hacer el esfuerzo de perdonarnos, incluso si lo solicitamos cortésmente. Entonces, ¿qué hacer? Una vez que nos hemos percatado de la ofensa, manifestar nuestro pesar por haberla cometido ¿Cómo hacerlo?. Las palabras más efectivas son "lo siento", "lo lamento", "qué pena". Evitar excusas o justificaciones: "lo siento, pero es que...". Evitar también desplazar el sentimiento de culpa hacia la persona ofendida: "lo siento, pero es que tú dijiste (o hiciste, o creo que pensaste, o tú siempre)...", pues no estamos juzgando al ofendido, sino tendiendo un puente para la reconciliación y sobre todo resposabilizándonos por aquello que pudo haber molestado al otro. Nunca forcemos a la otra persona a tomar la responsabilidad de rehacer la reacción. Si está demasiado dolida, es preciso que manifestemos nuestro pesar por haberla ofendido, ofrezcamos disculpas (no pidamos -o exijamos - perdón) y luego le demos su tiempo para recuperarse del suceso. Controlemos la ansiedad por acelerar una reconciliación, que puede provocar situaciones de agresividad innecesaria. No presionemos.
  3. Si la reacción de la otra persona es desproporcionada, abandonemos el escenario, o si es por escrito, suspendamos la comunicación por un tiempo. Dejemos lo que se llama un ’período de enfriamiento’. Al cabo de unos días tal vez hayan bajado las aguas y podamos disculparnos con menos riesgo, pero no insistamos si continúa la agresividad.
  4. Es posible que nuestras disculpas sean mal recibidas o rechazadas. Esta circunstancia puede resultar extremadamente dolorosa, sin embargo, pensemos que, más allá de haber ofendido a alguien, ya hemos hecho nuestra parte por recuperar la relación y soltemos las riendas de la situación. Asumamos las consecuencias de nuestro descuido, mal carácter o impulsividad. Pongámonos un límite para intentar de nuevo: si en dos disculpas más vuelvo a recibir otro maltrato, sencillamente dejo de intentar y se lo entrego a algo más grande que yo.
  5. Pensemos que todos cometemos errores, no como excusa para seguir cometiéndolos, sino como una constatación de que somos seres humanos y no tenemos por qué ser perfectos. No dejemos que se dañe nuestra autoestima. 
  6. Recordemos que todos nos ofendemos más cuando las cosas que nos dicen o nos hacen resuenan en nuestro interior, o sea, cuando nos identificamos con el contenido de la ofensa. Esto no quiere decir que podamos seguir ofendiendo indiscriminadamente a todas las personas con el pretexto de que si se ofenden será su problema, pero si en algún momento enfrentamos rencores de por vida, reacciones desproporcionadas o groseras, o rechazo agresivo a la intención de disculparnos, tomemos en cuenta que eso ya no depende de nosotros. Es la otra persona quien debe hacerse cargo de su herida. 
  7. Estemos conscientes de la proporción de nuestra equivocación. No exijamos imposibles.
  8. Si la disculpa es bien recibida, puede ser que la persona, de todas formas, mantenga una actitud distante por un tiempo. No forcemos nada. Tanto si se pone distante como si no, a veces es conveniente añadir a la disculpa verbal una reparación: una nota, una tarjeta, un pequeño presente, una invitación a tomar un café... pueden resarcir las heridas y mejorar la relación. No sobreactuemos ni nos pongamos zalameros. Que todo lo que hagamos nazca de nuestro corazón.
  9. Puede darse el caso de que la otra persona reciba nuestras disculpas pero cada vez que recuerde el suceso nos lo haga saber. Si nos hiere, hablemos francamente de ello. De todas formas, un sincero y tranquilo "eso ya pasó", o "creí que ya lo habíamos superado" y pasar rápidamente a otro tema puede ayudarnos.
  10. No le concedamos alas a nuestro sentimiento de culpa. Todos somos humanos y el derecho a la equivocación es un derecho humano (o debería ser reconocido como tal). Sin embargo, recordemos que no podemos andar por ahí repitiendo los mismos errores a cada rato. La utilidad de las equivocaciones es precisamente que nos dan alertas para que evitemos repetirlas. Pongamos más atención en el futuro.

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cuando alguien nos ataca

cuando alguien nos ataca

Vengo de un entorno, de un medio, de una familia que construyó (y a veces sigue construyendo) sus relaciones a partir de las ofensas, los desaires y sus consecuencias. A mi alrededor se escuchaba constantemente la frase: "Nunca más..." y sus complementos podían ser "...le voy a dirigir la palabra", "... voy a poner un pie en esa casa", etc., etc., etc...

La ofensa no necesariamente era un ataque directo hacia una como persona. Tenía matices. Podía tratarse, por ejemplo, de no votar por el candidato que una prefería en las elecciones para Presidente de la República, otra clase de ofensa podía ser que alguien tuviera algo que una quería tener. También se deducían ofensas por inferencia: dijo esto pero en realidad quiso decir esto otro, contra mí, por supuesto; hizo esto solo porque sabe que a mí no me gusta, se lleva mejor con tal persona solo para fastidiarme...

Sin embargo, también existen los ataques reales, y lo sabemos: el grito destemplado, el insulto mordaz, el calificativo descomedido. En esta categoría no hay mucho a dónde moverse en el momento de decidir si es una agresión o no. Y lastima. Y enoja. Y, finalmente, ofende. En mi entorno, esto significaba generalmente una ruptura hasta nueva orden. Y la nueva orden casi siempre era una tragedia familiar (casi siempre una muerte) que ponía las cosas en su lugar... aparentemente, porque en la primera ocasión se sacaba a relucir que, por ejemplo, el 4 de marzo de 1958 me dijiste esto y en realidad me querías decir esto otro... ya se sabe cómo es.

Actualmente, parte de mi recuperación ha consistido en comprender una verdad profunda y tranquilizadora: lo que una persona hace aparente contra mí en realidad no es contra mí, es porque esa persona no sabe actuar de otra manera. Las palabras descomedidas, los gritos destemplados, los portazos e incluso las agresiones físicas (que se deben detener y denunciar, no nos equivoquemos) no nacen en mis acciones o en sus equívocos sentimientos hacia mí, sino en el funcionamiento intrínseco de su personalidad.

Esta comprensión me ha llevado a tres consecuencias:

  1. Moderar mi egocentrismo: no soy el centro del universo, la gente no está pendiente de mí, ni para agradarme ni para ofenderme. Por lo mismo, no tengo que andar por ahí ’infiriendo’ intenciones en las expresiones, palabras o actitudes ajenas.
  2. Liberarme de ataduras emocionales, sobre todo el resentimiento: no tengo por qué hacerme cargo de los sentimientos desagradables que otra u otras personas pueden proyectar hacia mí. Todo está en ellos, o en ellas. Estoy libre del peso de sus opiniones.
  3. Poner distancia sin sentirme culpable: me he despojado poco a poco de la idea de que yo he provocado todas las agresiones que se dirigen hacia mí. Si he sido descortés, poco amable o displicente, sé disculparme a tiempo y trato de hacerlo de la mejor manera; pero si se me agrede sin que yo comprenda bien por qué, o si se reacciona de una manera desproporcionada ante situaciones que no son para tanto, comprendo que mi única responsabilidad es ver por mí, o sea ponerme fuera del campo de tiro de alguien que no tiene autocontrol o que lleva en su corazón heridas tan profundas que no sabe relacionarse de otra forma. Y de mi parte poner atención a aquellas acciones o palabras que pueden tomarse como provocaciones.

No digo que todo está solucionado, pero de alguna forma, con estos pequeños ’tips’, la vida y la convivencia se vuelven más llevaderas.

mira un árbol

mira un árbol

Desde hace unas semanas vengo observando los árboles de mi ciudad. No me había percatado de cuán bello puede ser un árbol hasta estos últimos días. Me explico: los árboles están por todas partes, todavía tenemos esa fortuna aunque seamos tan desconsiderados con ellos. Adornan las avenidas, los parques, los jardines. Su serena y enhiesta presencia acompaña.

Sin embargo, y yendo un poco más allá, mirar un árbol es algo que trae paz al corazón. Lo he aprendido en estos últimos días: cuando me agobia la preocupación, cuando los temores comienzan a desatarse, cuando creo que va a pasar lo que nunca pasa o que no va a pasar lo que ya pasó, cuando empieza a atenazarme la incertidumbre por el futuro o me sorprende el asalto de los malos recuerdos, mirar un árbol me trae un remanso al alma que no había conocido antes. Me enfoco en la belleza de sus ramas, en la luminosidad de sus hojas temblando entre el viento y el sol, esa forma de filtrar la luz a través de su follaje, esa manera quieta de estar en el mundo. A algunos les han brotado flores y los visitan pajaritos: gorriones y colibríes.

Miro un árbol y no quiero sacar moralejas ni conclusiones para mi vida en la tierra. Solamente dejo que mis ojos se recreen en el presente que llena su existencia. Doy gracias por ese árbol que se cruza en mi camino cuando más lo necesito. Poco a poco los temores se diluyen, lo que no tenía que pasar no pasa, y lo que iba a pasar sucede a pesar de todo, pero casi nunca es tan malo como parece. Pido perdón a todos los árboles cortados del mundo por no haberlos defendido. Mis resentimientos se convierten en nada, los recuerdos tristes se esfuman. No temo. No envidio. No me preocupo. Los colibríes toman el néctar de las cucardas. La minúscula flor de tilo parece nieve sobre el verde de las hojas. La flor blanca de la palmera habla de renacer cada minuto.

Cuando todo parezca ensombrecerse. Cuando los latidos del corazón se desacomoden al paso del temor. O sencillamente cuando la vida te lo permita, mira un árbol. Y me cuentas.

soltar las riendas

soltar las riendas

Esta parte se me suele poner difícil. ¿Qué hacer cuando parece que las cosas se van a ’despeñar’ irremediablemente? No es fácil. La tentación nos aconseja ir al celular, perseguir, buscar, dar consejos, mandar mensajes de texto para controlar...

Sin embargo, y poco a poco, vamos comprendiendo el alcance de las herramientas que nos da el programa de Nar-anon: soltar las riendas tiene que ser eso, soltarlas. No importan las taquicardias iniciales, ni la tensión en el cuello, ni el dolor de cabeza. Es precisamente en esos momentos cuando se pone en juego la fe de cada persona y la confianza que ha podido adquirir en su Poder Superior.

¿Qué hacer en el momento de pánico?

Por difícil que resulte, hay que poner en juego la confianza, y saber que alguien más grande y poderoso que nosotros se ocupa de nuestro adicto y de nuestra vida también.Entonces, en lugar de estar dándole vueltas en nuestra mente a las preguntas angustiosas o a las suposiciones demenciales, podemos ocuparnos mental y manualmente en algo que nos distraiga de la obsesión controladora: hagamos ejercicio, tomemos un baño, leamos un libro tranqulizador. Si vamos a orar, no lo hagamos desde la angustia, sino desde la confianza y la tranquilidad de que un Poder Superior está al mando.

Hacer una llamada telefónica también es una solución válida en estos casos. Compartir nuestros sentimientos y temores con nuestra madrina, con nuestro padrino, con alguien del grupo de apoyo o del Programa, con un amigo o amiga de confianza que sabemos que nos tratará con sensatez y calma. 

Soltar las riendas no es una tarea fácil. Sin embargo, en la práctica se irán puliendo los detalles y sobre todo aprenderemos a observar poco a poco cómo esta confianza en algo más grande y poderoso que nosotros resulta en beneficios para nuestra recuperación.

ideas comunes en torno a la drogadicción (II)

Una de las más comunes ideas o teorías respecto de la drogadicción es la de la prevención. Diríamos Prevención, así, con p mayúscula. Sabemos, como dice algún refrán, que una persona prevenida vale por dos, y que más vale prevenir que lamentar. Sin embargo, de lo que se puede observar, quizá la Prevención en lo que se refiere al uso de drogas no esté demasiado clara.
Por ejemplo, para prevenir el uso de drogas en nuestro hogar se nos aconseja el más descarado espionaje: observa a tus hijos. Observa con quién se llevan. Observa cómo tienen su habitación. Observa la música que escuchan. Observa su lenguaje, su aspecto, su olor. Cuando no estén presentes, hurga, revisa sus mochilas, ausculta el interior de sus libros, los bolsillos de su ropa. Ponte pilas. Si andan con los ojos rojos no ha de ser porque han llorado o se han trasnochado.
La pregunta clave es: ¿se puede vivir así? Digo, entrando en una definición de vida acorde con lo que se ha dado en llamar “sumac causay”. Al promover este tipo de actitud, lo único que se está haciendo es favorecer algo que, en últimas, es tan pernicioso como la misma adicción: Codependencia, y si la pongo en mayúsculas es porque la Codependencia no es otra cosa que la adicción a cualquier persona, en este caso al adicto: la adicción a pretender que se puede controlar su vida, a la ilusión de que es posible impedir que consuma sustancias, y en últimas una adicción tan insidiosa, incurable y mortal como puede ser la adicción a la base de cocaína o a la heroína.
Otra sugerencia para prevenir el uso de drogas es la información. Tal vez esto sí resulta más lógico: informar a nuestros jóvenes acerca de los peligros y los daños que las sustancias producen en el organismo humano. Esto me lleva a recordar con ternura mis años colegiales, cuando un poco de monjitas bien intencionadas (no lo dudo) decidieron que una forma de evitar que usáramos y abusáramos de nuestra sexualidad era informarnos. Todavía recuerdo esa lámina tamaño mapamundi del corte longitudinal de un pene gigante con el que pretendían darnos una educación sexual apropiada.
Por otro lado, y poniéndonos la mano en el corazón: ¿previene algo la información? Porque existe otra información de primera mano que también es cierta y real: la información acerca de la maravilla que es consumir cierto tipo de sustancias. ¿Qué importa que se te dañe el cerebro de por vida si has conocido el paraíso aunque sea por un par de segundos? En un mundo, en una cultura inmediatista y hedonista como la nuestra, ¿qué aporta la información a la prevención en el uso de drogas? ¿realmente a una persona adicta le importa lo que las sustancias que consume le hagan a su organismo? Un adicto a lo que sea busca llenar con sensaciones los huecos de su vida emocional, y la información biológica acerca de los efectos de inhalar pintura o cemento de contacto poco o nada puede hacer en relación a esa desesperada filiación con la sustancia. Y por otro lado, sabido es que lo prohibido, tenga los efectos que tenga, llama mucho más que lo permitido. Si observamos la historia del siglo XX, las grandes eclosiones en el tema de la adicción se han dado como respuesta a sistemas excesivamente opresivos, moralistas, pacatos e hipócritas.
Tal vez este sea el momento de dejar de ver la adicción como un problema ajeno y comenzar a mirarlo con la humildad de quien se sabe dentro del tema aunque sea colateralmente.

ideas comunes en torno a la drogadicción (I)

ideas comunes en torno a la drogadicción (I)

Estamos asustados. La edad promedio de inicio de consumo de drogas ha bajado a menos de doce años y medio. Sabemos (nos acabamos de dar cuenta, parece) que los lugares de mayor expendio y consumo de las drogas son los otrora templos del saber: los colegios. Nos aterra que ahora también las mujercitas comiencen, a la misma edad que los hombres, a experimentar con sustancias. El CONSEP está asustado. Las mamás están asustadas. La planta docente y administrativa de todos los colegios se pone alerta.
Y entonces comienza, como no podía ser de otra manera, la irrupción de la moralina y sus lugares comunes en el discurso al uso acerca del tema. Y la tiradera de la pelotita a todo el que no sea nosotros.
La primera cosa: la culpa es de los padres. Y de las madres. Puede ser, si resultara, en últimas, útil que la culpa sea de alguien. Entonces las madres lloramos y los padres puñetean las paredes vociferando que nosotras hemos educado mal a los niños. Porque sabido es que, en la práctica, solo las madres educamos, sobre todo si es mal. O viceversa: los padres se quedan callados (sabemos que es mentira, pero los hombres no lloran) y las madres les acusamos de ser distantes y huidizos en la relación con los hijos. Qué más da. El caso es que el daño está hecho y la búsqueda y escarnio de culpables lo único que hace es provocar más dolor y amargura.
Segunda cosa: la culpa es de la crisis actual de la familia. Sí. Y no. Existen familias muy desarticuladas en las que no hay el problema de la adicción. Y familias muy bien constituidas –hasta donde se ve – en las que hay uno o más adictos. Culpar al divorcio de la adicción es como culpar al calentamiento global de la neumonía. Puede ser. Pero no siempre. Cada caso es distinto y la generalización suele conducir a la injusticia.
Tercera cosa: esta la escuché en la Tv, y era una acusación más. Parte de la culpa la tienen los profesores de los colegios, que no se ocupan en sus aulas del tema de la prevención. Ah, ya. O sea, aparte de planificar, enseñar, mandar deberes, corregir deberes, tomar exámenes, corregir exámenes, pasar notas, elaborar el currículo, dar consejos, trabajar en tres colegios y una universidad para redondear el sueldo y un vasto etcétera, los docentes debemos estar, como se dice vulgarmente, ‘moscas’ para aplicar prevención porque el semillero de la adicción está en el aula. Se podría aceptar una culpabilización de todo el sistema educativo, tal vez, que no ofrece el tema de la prevención como un eje transversal dentro del currículo. Eso lo acepto. Pero ponernos un INRI más a los maestros porque no prevenimos el uso de drogas ya pasa de castaño oscuro, aparte de que puede resultar inexacto, y también muy injusto.
Cuarta cosa: la televisión, la música, los medios… A veces pienso que la persona que inventó la televisión lo hizo bajo el encargo de los cazadores de brujas que nunca faltan porque de ese modo al famoso aparatito conocido como “la caja boba” se le podía por fin echar la culpa de todo. Los niños se drogan porque ven demasiada televisión. Ya está. Los niños se drogan porque una vez los Beatles compusieron y cantaron una canción llamada “Lucy in the sky with diamonds”… o sea, bastaría ver cuánta gente la ha escuchado y no se ha drogado jamás (entre ellos yo) para darse cuenta de cuán falsa es la aseveración.

En fin: esta historia continuará…

es mucho más que un adicto...

es mucho más que un adicto...

Con frecuencia los familiares o amigos codependientes de un adicto nos enfocamos en la adicción como condición, en sus implicaciones y problemas y en el hecho siempre complicado de vivir con una persona que consume alcohol o drogas. En este camino, definimos nuestra vida en torno a la adicción, ya sea para victimizarnos o victimizar a la persona adicta, o para proclamar nuestra supuesta fortaleza ante la tremenda prueba de vivir con un adicto. Así, nos centramos en su adicción, y tal vez inconscientemente la alimentamos como la única característica de la vida a la que merece la pena prestarle toda nuestra atención.

Sin embargo, esa persona que consume drogas o alcohol, que tal vez se encuentra en una etapa crónica o crítica de su enfermedad, es más que eso. Tiene otras características. Tiene (o tuvo) sentimientos y cualidades que muchas veces pasamos por alto, imbuídos como estamos de resentimiento, angustia y pánico ante los avatares de su condición.

Es importante que, por severa que sea la situación, busquemos en su personalidad y en nuestra memoria todas aquellas características, cualidades y formas de ser que no son la adicción. Si nos ayuda, podemos hacer una lista escrita.

Como familiares o codependientes de una persona con adicción, es muy posible que conservemos en nuestra memoria una serie de recuerdos de los malos momentos vividos. Sin embargo, también existirán recuerdos de instantes que compartimos con amor y alegría, detalles y gestos de aquella persona que nos arrancaron una sonrisa o que nos hicieron sentir alegres y hasta felices, pues de otra manera no lo amaríamos ni nos importaría tanto. Si es necesario, también podemos escribir una lista de aquellos momentos, forzándonos a recordar incluso los sucesos de su edad temprana, cuando su sola existencia nos proporcionaba felicidad.

Una persona que sufre de adicción no es solo un adicto. Su vida tiene otras facetas, esté o no en un proceso de recuperación: su sonrisa es encantadora, lucha contra su mal, cocina bien, canta aceptablemente, nos ofrece su dulzura y su apoyo, tiene unos ojos preciosos, es talentoso... Observemos su sensibilidad, su inteligencia, sus detalles cotidianos. Y quién sabe, si nos enfocamos en los aspectos de su vida que van más allá de su condición, es muy posible que ellos florezcan y se dejen notar cada vez más y mejor. Porque toda persona que sufre de adicción es mucho más que un adicto o una adicta: es un ser humano único e irrepetible, deseado por Dios y el Universo desde el principio del tiempo.

mi oración para el tercer paso

mi oración para el tercer paso

te entrego esta situación que tanto me preocupa

en tu infinita sabiduría

harás de ella y con ella

lo que sea mejor para todos

ayúdame a confiar

y a saber

que aunque tal vez no pueda comprender

tu voluntad siempre se hará

como lo mejor que ha podido suceder

EN TI CONFÍO

vive y deja vivir (II)

vive y deja vivir (II)

Vivimos en un mundo de escándalos a la orden del día, y nuestros ojos se enfocan siempre hacia fuera. El útlimo escándalo en mi país se ha producido por temas de homofobia: la negación de la inscripción a una niña hija de una madre lesbiana que hace pareja con otra mujer, como hija de las dos; la aparición en la prensa de artículos y opiniones abiertamente homofóbicas; los comentarios de un sacerdote ídem en revistas y periódicos.

No va a ser este un artículo de defensa de ni de ataque a determinadas orientaciones sexuales. Sin embargo, sirve este tema para volver sobre el lema que nos ocupa: "Vive y deja vivir". Porque es frecuente que, como seres humanos, tengamos muy clara la película de lo que deben hacer las otras personas y no tengamos la menor idea de cómo tenemos que vivir cada uno y cada una de nosotras.

Sabido es, por ejemplo, que los clérigos y sacerdotes son expertos en dictaminar cómo se tiene que comportar la humanidad. De hecho, el Papa, por ejemplo, sea quien sea, siempre está opinando, entre otros temas, con fe y alegría, sobre cuál debe ser la conducta sexual de toda la humanidad, o de toda la humanidad que se dice católica, menos de él... pues se supone que él no tiene conducta sexual. Él sabe exactamente cuándo, cómo, con quién y por dónde cada individuo de la especie humana debe obtener su cuota cotidiana de placer. Pero se calla cuando estallan en sus propias narices los escándalos de sus pastores que se han dedicado, con igual fe y alegría, a violentar la inocencia de las ovejas del mismo rebaño.

Dos periodistas, por otro lado, están afectadísimos porque gays y lesbianas han ’salido del clóset’ y según ellos (los periodistas) mismo afirman, ’andan cogidos de la mano’ por todas partes. La pregunta es: ¿por qué se alteran tanto? ¿cuál es su problema con eso? Hablan de mal ejemplo para los niños y una se pregunta de  nuevo: ¿no es igual o peor mal ejemplo un padre héterosexual que aporrea a su mujer delante de sus hijos? ¿no es igual o peor mal ejemplo la misma mujer, héterosexual ella, que permite que su esposo la aporree delante de sus hijas? Yo, la verdad, ni me he percatado de que haya gente del mismo sexo caminando a granel agarrados y agarradas de la mano por las calles del mundo. No tengo tiempo para eso. Bastante tengo con mirar hacia mi interior, observar mis cualidades y defectos y tratar de mejorar lo que soy y lo que hago como para andar fijándome en quién se toma de la mano con quién y ponerme a sufrir por eso. La orientación sexual de mis hijos y de todos los niños de este mundo ya está dada. Y ante eso, poco es lo que pueda hacer, por más que me emberrinche.

Tenemos la creencia de que nuestra sesuda opinión expresada en una columna de periódico o una rimbombante carta al editor podrá cambiar el mundo. Estos escritos jamás hablan de quienes las escriben: critican al gobierno, acaban con la honra ajena, dicen lo que deberían hacer los que mandan, los que no mandan, los que legislan, los que... Pero solamente prefiguran una verdad: si la gente se exigiera a sí misma la décima parte de lo que exige a los demás, este planeta sería un paraíso nunca visto en la historia del Universo entero. Echar la culpa es una de las más grandes aficiones del género humano. Y decir, en la cara o a espaldas del implicado, cómo tendría que haber hecho las cosas, ¡ni se diga!

Y ni qué decir del ámbito privado. Vivimos metiendo las narices en donde no nos llaman cada dos por cuatro: pónte esta ropa, no lo hagas así sino así, esa cartera no te combina con ese conjunto, mejor contrata a este obrero que cobra más barato, te lo digo por tu bien, yo en tu lugar... Y si nos ponemos a observar el fondo de nuestras vidas, advertiremos que no nos va mejor ni peor que aquellos a quienes con tanto entusiasmo aconsejamos con la mejor intención de la Tierra.

"Vive y deja vivir". Sabias palabras que no encierran indiferencia, sino respeto: saber delimitar el espacio de nuestra influencia sobre los demás. Entender que no por ser quienes somos tenemos por qué darle a nadie instrucciones para vivir. Y comprender, finalmente, que si vivimos como pensamos que se debe vivir, nuestro ejemplo de integridad y de consecuencia se convertirá en un foco de atracción que nuestras sabias, sesudas y profundísimas palabras admonitorias jamás llegarán a ser.

vive y deja vivir

vive y deja vivir

El otro día, haciendo cola en una de las cajas del supermercado observé una acción que se me figuró muy loable: la cajera, al observar a un señor canoso y de la tercera edad que estaba en un lugar lejano de otra cola, lo llamó para atenderlo. El señor, contento, se acercó. Todo parecía estar bien, pero en ese momento, de otra de las cajas, surgió una voz indignada:

-¡Eh, señor... usted!

Era un hombre de mediana edad, que sin tener arte ni parte en el asunto procedió a recriminar al señor anciano:

-Señor, ¿por qué no le cede el lugar que le dio la señorita a esta señora que está con un niño? ¿Por qué no la dejó pasar antes a ella?

La gente común y corriente de la calle que estábamos ahí nos quedamos un poco boquiabiertos. ¿De qué se quejaba el hombre? En efecto, detrás del señor mayor, en la cola anterior, estaba una madre joven con uno o dos niños pequeños que correteaban por el lugar. Tranquila, ella, un poco ajena a su repentino y nadie-te-ha-llamado San Jorge.

El señor mayor, desconcertado, se excusó tímidamente:

-La señorita me llamó a mí...

Y el hombre de mediana edad, resoplando indignación por todos sus poros, reclamó:

-Claro, le llamó a usted, pero usted DEBERÍA haberse dado cuenta de que...

El hombre se extendió en una reprimenda que hasta a la madre de los niños pequeños le parecía absurda. Estaba indignado. Odiaba la vida. Quería cambiar el mundo cambiando la preferencia de las personas de la tercera edad por la preferencia de las madres con niños pequeños. Sabía todo lo que debíamos hacer todos, y aparte de reprochar al señor anciano reprochaba a la cajera que no se había dado cuenta de que... y así.

Tímidamente, sugerí:

-Tranquilo, señor: viva y deje vivir.

Y claro, por metiche (bien hecho) me llevé mi parte:

-¡Claro! ¡"Viva y deje vivir"! ¡Por eso este país está como está!

Me callé. Decidí aplicarme mi propia moraleja: vivir y dejar vivir mientras el hombre seguía sermoneando su indignación al asombrado grupo de clientes que jamás comprendieron muy bien lo que le estaba sucediendo.

recaídas

recaídas

Cuesta mucho pensar que la recaída no será una ni dos, sino que pueden ser muchas a lo largo de la vida de una persona que sufre de adicción. La recaída se vive a veces como un paso necesario en el proceso de la adicción hacia la recuperación.

Sin embargo, es importante saber que la recaída en consumo va acompañada de recaídas emocionales, muchas veces sutiles, que se pueden manifestar de diversas formas: irritabilidad, inestabilidad, dejar de asistir a grupos de apoyo, volver a frecuentar amistades de consumo... En fin, todas estas son señales de que algo se está incubando.

Ahora bien, la pregunta más difícil es ¿qué hacer? Todo depende, diríamos. Depende sobre todo de las normas y estándares que como familiares de una persona con adicción nos hayamos puesto. Depende también de lo que estemos dispuestos a tolerar y a soportar. Y depende de aquello que en nuestra vida consideramos no negociable. Sobre todo de esto último.

Como conocedores de lo que es el infierno de la adicción activa, cuando se anuncia una recaída tendemos a entrar en pánico. Sin embargo, es muy importante tomar conciencia, más que de lo que debemos hacer, de lo que no es conveniente hacer de ningún modo, y sobre todo estar conscientes de que también nosotros recaemos en nuestra codependencia de varias formas. Y con frecuencia nuestra recaída en una codependencia mal manejada puede empeorar la situación de una recaída en la adicción activa.

¿Qué hacer, entonces? O mejor dicho: ¿qué no hacer? Algunas sugerencias nacidas sobre todo de una experiencia personal:

  1. No entrar en pánico: esto es fundamental. El pánico es mal consejero y puede llevarnos a hacer cosas que con serenidad no haríamos.
  2. Aplicarnos los tres primeros pasos del programa. Saber que somos impotentes ante la adicción, comprender que solo un Poder Superior (en la concepción que de él tengamos) nos puede auxiliar y entregarle la situación sinceramente desde el fondo de nuestro corazón o soltar las riendas...
  3. Aplicar con firmeza las normas y reglas que hayamos puesto en nuestro entorno familiar. No ’crear nuevas reglas’ improvisadas en medio de la angustia para manipular y forzar a nuestro adicto a hacer lo que queremos o creemos más conveniente desde nuestro punto de vista.
  4. No ponernos a perseguir y a espiar a nuestro familiar adicto para saber qué es lo que está haciendo. Darle confianza. La persecución puede conducir a que se precipite un consumo o a agravarlo, si es que ya se está dando.
  5. No ceder a manipulaciones. Ignorar las frases y comentarios destinados a desestabilizarnos y a asustarnos.
  6. Separar el adicto de la adicción. Mirar con amor y paciencia a nuestro adicto, sin que esto signifique tolerar comportamientos inaceptables.
  7. Aplicar las tres "c": no lo causé, no lo puedo controlar ni lo puedo curar.
  8. Ocuparnos de nosotros. Tener tranquilidad. Seguir con nuestra vida y buscar y hacer las cosas habituales que nos dan placer y felicidad. 
  9. Apoyarnos en nuestros grupos, compañeros y madrinas o padrinos. No dudar de asistir a reuniones, leer literatura y llamar por teléfono si nos hace falta.

Si bien resulta difícil tomar estas actitudes, es importante mantenernos firmes en nuestro proceso de recuperación antes que pretender influir en el proceso de recuperación ajeno. Recordemos que solamente podemos cambiarnos a nosotros mismos.

Si se les ocurre otro ’tip’ para enfrentar las recaídas, pueden añadirlo a manera de comentario.

Y recuerden siempre: "Solo por hoy podemos (y debemos) ser felices". Risa

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el padre del hijo pródigo

el padre del hijo pródigo

el polvo del camino me ha ensuciado los ojos
he visto cómo el viento desbarata las ramas
algo me dice no eres el dueño de los que amas
y el alma se me llena de vacíos y despojos
sin embargo yo espero y refreno el enojo
al recordar a un niño que saltaba en mi cama
quizá no fui muy firme /pecado de quien ama/
o tal vez sea el destino que ni juzgo ni escojo
como un antiguo oasis me engaña un espejismo
la mentira que brinda al viajero el desierto
en los ojos heridos por la espera y el llanto
una silueta antigua /la sombra de mí mismo/
perdido y encontrado vivo y nunca más muerto
es el hijo que vuelve y cubro con mi manto

la lección del granizo

la lección del granizo

El sábado pasado en Quito, la ciudad donde vivo, cayó una granizada espectacular. Y hubo los problemas de siempre, claro, sobre todo a nivel de tránsito y de circulación por las calles.

Sin embargo, esa no es la lección de la que me gustaría hablar hoy, sino más bien de otra: el granizo cubrió de blanco el parque de la Carolina, en el centro norte de la ciudad. Aquí, en una parte del mundo en la que la única nieve disponible es la de los nevados, de repente la gente se sintió transportada a otro tiempo, a otro lugar, y con una capacidad de asombro que los quiteños promedio parecíamos ya no tener, salieron a regodearse con el granizo: hicieron muñecos, se arrojaron "bolas de nieve", sintieron el frío en los pies descalzos... en fin, fueron felices.

Y fueron felices con poco. Con el instante en que se rompió la rutina cotidiana de una tarde de sábado.

Yo me pregunto, ¿será difícil en el resto de la vida enfrentar esas roturas de la rutina cotidiana como lo hicieron los quiteños la tarde del 26 de noviembre? ¿Será posible dejar de quejarse, de lamentarse, de ver en qué nos afecta todo, y simplemente asombrarnos y salir a ser felices con lo que hay a la mano? ¿Será que todavía podemos maravillarnos, encontrar al niño o a la niña que llevamos dentro y tomar como un regalo del cielo cualquiera de esas granizadas imprevistas con que la vida nos sorprende a cada paso?

Ojalá que así sea.

Siempre.

la perfección

la perfección

Asisto a una ceremonia de acogida a estudiantes excelentes en una sociedad de honor. Son chicos admirables, obviamente. Buenos alumnos, líderes, solidarios, con carácter. Así dicen los discursos, los aplausos, las miradas de sus madres, brillantes de lágrimas emocionadas.

Me pregunto, ¿y los que no lo son?

Aclaro: no estoy en contra de que se premie lo que hay que premiar. Y aunque me tiente, tampoco pretendo hablar desde la envidia o la frustración.

Sin embargo, pienso en mi hijo adicto buscando su recuperación día tras día, peleando denodadamente con ella cada segundo, esforzándose por sostenerse de su poder superior minuto a minuto. Encontrando su premio en la cotidiana alegría de saberse limpio solo por un día más.

Y pienso en mi hija, que tampoco está catalogada como excelente: en el apoyo que me da, en la fuerza de su risa, de su entereza, del amor por su hermano y de su constante lucha por hacer de la vida un lugar bello y seguro.

Esa es mi sociedad familiar de honor, me digo.

Y ya de nuevo puedo sonreír sin trabas.

nadie te ofende: son tus expectativas

nadie te ofende: son tus expectativas

Las personas se la pasan la mayor parte de su vida sintiéndose ofendidas por lo que alguien les hizo (o no les hizo). ¡Nadie, nunca jamás te ha ofendido! Son tus expectativas de lo que esperabas de esas personas, las que te hieren. Y las expectativas tú las creas con tus pensamientos. No son reales. Son imaginarios.

Entonces, entiende que nadie te ha ofendido. Son tus ideas acerca de como deberían actuar las personas y Dios las que te hieren. Estas ideas son producto de una máscara social, que has aprendido desde tu infancia de forma inconsciente. Reconoce que la mayoría de las personas NUNCA van a cuadrar con esas ideas que tienes. Porque son ideas falsas.

Deja a las personas ser. Deja que guíen su vida como mejor les plazca. Es su responsabilidad. Dales consejos, SOLO SI TE LO SOLICITAN, pero permite que tomen sus decisiones. Es su derecho divino por nacimiento: el libre albedrío y la libertad.

Nadie te pertenece. Ni tus padres, hijos, amigos y parejas. Todos formamos parte del engranaje de la naturaleza. Deja fluir las cosas sin resistirte a ellas. Ama y deja ser.

Deja de pensar demasiado. Abrete a la posibilidad de nuevas experiencias. No utilices tu “inventario”. Cuando una persona es maltratada (por NO haber dicho o hecho lo que se esperaba de ella) por alguien, deja esa experiencia en su inventario. Cuando conoce a otro alguien, tiene miedo. Y trata de ver si la nueva persona repetirá las mismas actitudes que la que le hirieron, o sea que se predispone. Saca una experiencia de su inventario negativo. Se pone los lentes de esa experiencia y ve a las nuevas personas y experiencias de su vida con esos lentes (obviamente provoca lo que más teme). ¿Resultado? Se duplican los mismos problemas y las mismas experiencias negativas.

Y el inventario negativo sigue creciendo. En realidad, lo que hace es que te estorba. No te deja ser feliz. Y a medida que se avanza en años, se es menos feliz. Es porque el inventario negativo aumenta año con año. Abre los ojos y observa el fluir de la vida como es. Cuando limpias tu visión de lentes oscuros y te los quitas, el resultado es la limpieza de visión.

La perfección no existe. Ni el padre, amigo, pareja o Dios es perfecto. Es un concepto creado por la mente humana que, a un nivel intelectual puedes comprender, pero en la realidad NO EXISTE.

Un bosque perfecto serían sólo árboles, Sol, lluvia, sin bichos… ¿existe? No. Para un pez, el mar perfecto sería aquel donde no hay depredadores ¿existe? No. Deja de resistirte a que las personas no son como quieres. Acepta a las personas como el pez acepta al mar y ámalas como son.

Intoxícate con la vida. La vida real es más hermosa y excitante que cualquier idea que tienes del mundo.

Imagina a esa persona que te ofendió en el pasado. Imagínate que ambos están cómodamente sentados. Dile porque te ofendió. Escucha su explicación amorosa de porqué lo hizo. Y perdónala. Si un ser querido ya no está en este mundo, utiliza esta dinámica para decirle lo que quieres. Escucha su respuesta. Y dile adiós. Te dará una enorme paz.

A la luz del corto periodo de vida que tenemos, solo tenemos tiempo para vivir, disfrutar y ser felices. Nuestra compañera la muerte, en cualquier momento, de forma imprevista, nos puede tomar entre sus brazos. Es superfluo gastar el tiempo en pensar en las ofensas de otros. No puedes darte ese lujo.

Es natural pasar por un período de duelo al perdonar, deja que tu herida sane. Descárgate con alguien para dejar fluir el dolor. Aprende con honestidad los errores que cometiste, prométete que no lo volverás a hacer y regresa a vivir la vida.

Y como dirían los Beatles, LET IT BE...( Déjalo Ser )

una herramienta para sanar el resentimiento

una  herramienta para sanar el resentimiento

El resentimiento está muy presente en la vida de quienes somos codependientes de una persona adicta: con nuestro pasado, con el adicto, con la adicta, con las amistades de consumo, con el mundo, y sobre todo con nuestra propia culpa. Casi se podría decir que proyectamos en nuestro universo el resentimiento que en realidad está dirigido a nuestra sensación de haber hecho algo, o todo, mal. 

El resentimiento parecería ser uno de los síntomas más recurrentes de la enfermedad de la codependencia. Nos basta un minuto de distracción para que las ideas que nos remiten a un pasado doloroso comiencen a sobrevolar nuestra mente y terminen anidando en ella, amargándonos la existencia de un segundo al otro. 

Para esos momentos en que los recuerdos de ofensas pasadas, las sensaciones de injusticia de la vida y el dolor de las heridas que no han terminado de sanar, existe un remedio aparentemente sencillo, que en alguna región de Hawaii se llama Ho’oponopono. Aquí no detallaremos toda la filosofía detrás del tema porque es muy largo, solamente daremos un enlace. Sin embargo, se puede ofrecer una sugerencia de práctica que ha dado bastante resultado a quien escribe estas líneas. 

En el momento en que los pensamientos de resentimiento, inseguridad o dolor por el pasado nos abruman, solamente comenzaremos a repetir mentalmente, al ritmo de nuestra respiración: 

"Lo siento (exhalando)

Perdóname (inspirando)

Te amo (exhalando)

Gracias (inspirando)"

Si perdemos el ritmo o nos distraemos, solo basta con retomar un "gracias" al inspirar y seguir. 

Este procedimiento ayuda a limpiar la mente de ideas dañinas que también intoxican nuestro corazón, al mismo tiempo que se los ocupa con palabras de reconciliación, perdón, amor y gratitud. 

Pruébenlo, y después me cuentanGuiño

nuestra propia recuperación

nuestra propia recuperación

  1. Aprenda a centrar su atención y su energía nuevamente en su propia vida. Deslíguese del adicto con afecto.
  2. Examine su propia conducta y sus actitudes. Usted es la única persona a la que puede cambiar, de modo que dedíquese a ello.
  3. Conserve su dignidad.
  4. Perdónese a sí mismo. Aunque haya cometido errores en su trato con el adicto en el pasado, usted no sabía como proceder de otra manera en aquel momento. Téngase compasión.
  5. Viva el presente. No anticipe problemas ni se demore en el pasado, pues eso le restará energías para luchar eficazmente con los problemas de hoy.
  6. Busque apoyo en su vida, usted también. No se aísle, manteniéndose centrado en el adicto.
  7. Consígase una vida propia y satisfactoria, que incluya distracciones, actividades de su interés y simple diversión.

cómo tratar con el adicto en recuperación

cómo tratar con el adicto en recuperación

  1. Recuerde que la recuperación es un proceso que dura toda la vida. No espere una cura instantánea.
  2. Es posible que por un tiempo le resulte difícil confiar en la persona en recuperación.
  3. Prevea que habrá altibajos, y tal vez hasta recaídas, como parte del proceso de recuperación.
  4. Tenga pensado cómo manejar un desliz (a quién llamar, qué medidas tomar). Una vez que se haya formado un plan de acción, distiéndase y viva el presente. No se trata de esperar que se produzca un desliz sino de estar preparado para afrontarlo en caso de producirse. Tener un extinguidor en su casa no significa que usted viva esperando un incendio, sino que  está preparado para actuar en caso de que lo haya.
  5. No trate de proteger a la persona en recuperación de los problemas familiares normales.
  6. No trate de controlar su recuperación verificando si asiste a las sesiones de terapia, llamado a sus terapeutas o sermoneándola acerca de los encuentros de autoayuda. No se inmiscuya tratando de averiguar lo que sucede en las sesiones.
  7. Proporcione apoyo y afecto al adicto cuando le sea posible. Aliente el esfuerzo que él está haciendo ahora, aunque a veces le parezca que es “muy poco y demasiado tarde”.
  8. Usted puede sentirse no necesitado por la persona en recuperación. Tras haber estado a su lado durante todas las crisis de la adicción, tal vez se sienta excluido de su proceso de recuperación.
  9. No espere que la persona en recuperación exhiba ahora un continuo entusiasmo, tan sólo porque está en vías de recuperarse. Permítale mostrarse irritable, ansiosa, infeliz.
  10. También permítale estar feliz o entusiasmada. Quizás usted sienta que no tiene derecho a estar feliz después de todos los problemas que su adicción le creó a la familia. No se aflija y deje que las cosas sigan su curso.
  11. No espere que la recuperación del adicto resuelva todos los problemas de la familia. De hecho, es posible que otras cuestiones –algunas de las cuales fueron pasadas por alto o eludidas mientras el foco de atención era el problema adictivo- se  hagan ahora más evidentes.

 

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cómo tratar con el adicto activo

cómo tratar con el adicto activo

  1. Recuerde que usted no es culpable de la enfermedad del adicto. Autoinculparse por otro priva a esa persona del derecho de hacerse responsable de sí misma y esto alimenta su adicción.
  2. La enfermedad del adicto escapa a su control. Usted no solo no la causó, sino que tampoco puede curarla.
  3. A la única persona a quien puede cambiar o ayudar es a sí mismo. Usted es responsable de su propia conducta.
  4. El adicto puede no buscar ayuda hasta que el dolor que le ocasiona consumir la droga se le vuelve más difícil de soportar que el dolor de no consumirla. Por lo tanto, no lo encubra, no le ponga excusas, no lo rescate cuando se mete en líos, no se haga cargo de sus cuestiones legales, no pague sus deudas.
  5. Esto no significa que usted tenga que dejar de interesarse en el adicto, ni dejar de quererlo. Desligarse con afecto no es un acto de egoísmo. Le da al adicto la oportunidad de hacerse responsable  de sí mismo y en esto reside su única esperanza de recuperarse.
  6. No busque, ni esconda, ni tire provisiones o recordatorios de la droga. El adicto se limitará a conseguir más. Tratar de mantenerlo alejado de otros usuarios tampoco servirá de nada. Es él quien debe hacerlo.
  7. No utilice la culpa con el adicto; tampoco da resultado. “Si me quisieras de verdad, dejarías la droga”, solo sirve para aumentar la culpa del adicto, lo que luego puede ser usado para justificar su uso de la droga.
  8. Determine cómo vivirá usted y cuáles serán sus fronteras. Fije límites con el adicto y aténgase a ellos. “No te prestaré ni te daré dinero” es un ejemplo de un límite apropiado a fijar con un deudor incontrolado, un drogadicto o un alcohólico.
  9. Recuerde que la adicción de su pariente no es un signo de debilidad o deshonra familiar; puede suceder en cualquier familia, como cualquier otra enfermedad.

datos acerca de la enfermedad adictiva

datos acerca de la enfermedad adictiva

  1. La adicción es una enfermedad. Se la puede describir, tiene síntomas específicos, es crónica y progresiva.
  2. Sus principales síntomas son: a) apetencias y actos incontrolados por el alterador del estado de ánimo, b) pérdida de control sobre su uso, c) persistencia en el uso, pese a sus consecuencias adversas, y d) negación del problema.
  3. La adicción no es resultado de una debilidad moral o una falta de fuerza de voluntad.
  4. Como la adicción es una enfermedad, emplear argumentos razonables o lógicos frente a la persona adicta casi nunca sirve para convencerla de que deja la droga.
  5. El adicto es incapaz de controlar la enfermedad. Por consiguiente, no es cierto que  “podría  dejar la droga si realmente lo quisiera”. Creer esto es como creer que una persona podría dejar de tener cardiopatía o diabetes “si se lo propusiera”.
  6. La adicción afecta al usuario física y psicológicamente y en su conducta (pérdida de energía, cambios de humor, pérdida de autoestima, alteración de los valores). Estos defectos deben ser contemplados como parte del proceso de la enfermedad.
  7. El adicto no es responsable de tener la enfermedad adictiva, pero es responsable de su conducta y su recuperación.
  8. La enfermedad de la adicción es como una alergia no tratada. Estará siempre latente y la exposición al “alergeno” producirá una reacción predecible.
  9. La adicción dura toda la vida, pero puede ser frenada en tanto el adicto se abstenga de todo alterador del estado de ánimo.
  10. La recuperación es posible, por lo tanto, con la abstención y un cambio de actitud, estilo de vida y de conducta.

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