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codependencia

cuando alguien nos ataca

cuando alguien nos ataca

Vengo de un entorno, de un medio, de una familia que construyó (y a veces sigue construyendo) sus relaciones a partir de las ofensas, los desaires y sus consecuencias. A mi alrededor se escuchaba constantemente la frase: "Nunca más..." y sus complementos podían ser "...le voy a dirigir la palabra", "... voy a poner un pie en esa casa", etc., etc., etc...

La ofensa no necesariamente era un ataque directo hacia una como persona. Tenía matices. Podía tratarse, por ejemplo, de no votar por el candidato que una prefería en las elecciones para Presidente de la República, otra clase de ofensa podía ser que alguien tuviera algo que una quería tener. También se deducían ofensas por inferencia: dijo esto pero en realidad quiso decir esto otro, contra mí, por supuesto; hizo esto solo porque sabe que a mí no me gusta, se lleva mejor con tal persona solo para fastidiarme...

Sin embargo, también existen los ataques reales, y lo sabemos: el grito destemplado, el insulto mordaz, el calificativo descomedido. En esta categoría no hay mucho a dónde moverse en el momento de decidir si es una agresión o no. Y lastima. Y enoja. Y, finalmente, ofende. En mi entorno, esto significaba generalmente una ruptura hasta nueva orden. Y la nueva orden casi siempre era una tragedia familiar (casi siempre una muerte) que ponía las cosas en su lugar... aparentemente, porque en la primera ocasión se sacaba a relucir que, por ejemplo, el 4 de marzo de 1958 me dijiste esto y en realidad me querías decir esto otro... ya se sabe cómo es.

Actualmente, parte de mi recuperación ha consistido en comprender una verdad profunda y tranquilizadora: lo que una persona hace aparente contra mí en realidad no es contra mí, es porque esa persona no sabe actuar de otra manera. Las palabras descomedidas, los gritos destemplados, los portazos e incluso las agresiones físicas (que se deben detener y denunciar, no nos equivoquemos) no nacen en mis acciones o en sus equívocos sentimientos hacia mí, sino en el funcionamiento intrínseco de su personalidad.

Esta comprensión me ha llevado a tres consecuencias:

  1. Moderar mi egocentrismo: no soy el centro del universo, la gente no está pendiente de mí, ni para agradarme ni para ofenderme. Por lo mismo, no tengo que andar por ahí ’infiriendo’ intenciones en las expresiones, palabras o actitudes ajenas.
  2. Liberarme de ataduras emocionales, sobre todo el resentimiento: no tengo por qué hacerme cargo de los sentimientos desagradables que otra u otras personas pueden proyectar hacia mí. Todo está en ellos, o en ellas. Estoy libre del peso de sus opiniones.
  3. Poner distancia sin sentirme culpable: me he despojado poco a poco de la idea de que yo he provocado todas las agresiones que se dirigen hacia mí. Si he sido descortés, poco amable o displicente, sé disculparme a tiempo y trato de hacerlo de la mejor manera; pero si se me agrede sin que yo comprenda bien por qué, o si se reacciona de una manera desproporcionada ante situaciones que no son para tanto, comprendo que mi única responsabilidad es ver por mí, o sea ponerme fuera del campo de tiro de alguien que no tiene autocontrol o que lleva en su corazón heridas tan profundas que no sabe relacionarse de otra forma. Y de mi parte poner atención a aquellas acciones o palabras que pueden tomarse como provocaciones.

No digo que todo está solucionado, pero de alguna forma, con estos pequeños ’tips’, la vida y la convivencia se vuelven más llevaderas.

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