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cuando yo ataco a alguien

cuando yo ataco a alguien

Me sucede, y a veces sin darme cuenta, aunque si quiero ser sincera, a veces sí me doy cuenta pero igual me voy con todo. Pero como decía, me sucede: palabras o acciones mías han lastimado u ofendido a otra persona, y poco importa si han sido involuntarias o si, según yo, he tratado de expresarme con el mayor tino posible. En mi caso, pueden darse algunas circunstancias:

  • En un momento determinado he tenido intención de ofender y he dicho cosas que han lastimado a otra persona.
  • Mi intención no ha sido la de ofender, pero la otra persona se ha sentido herida por lo que he dicho o hecho. A veces, me ha sorprendido una reacción desproporcionada por lo violenta, por lo grosera, ante lo que yo pensaba una simple expresión de una opinión, y entonces me cuesta trabajo no ceder a la tentación de responder igual y así provocar que la espiral de violencia crezca hasta niveles impredecibles.

En ambos casos, existe malestar, tristeza, a veces relaciones dañadas de por vida. Muchas veces nos quedamos enganchados en el suceso y las reacciones. Entonces, ¿qué hacer? De mi experiencia personal, puedo mencionar algunas sugerencias:

  1. Lo primero, la prevención: si tengo duda, mejor callar; si el impulso de contestar de mal modo o de sostener una discusión es irrefrenable, abandonar el escenario peligroso. Evitar temas polémicos como la política, la religión y las alusiones familiares o personales, o el tan manido recurso del recuerdo de sucesos o agresiones pasadas. Y si decido quedarme, entonces asumir las consecuencias. Poner como norma y regla siempre hablar en tono moderado, no emplear palabrotas a no ser que sea sin estar molesta y en un ambiente de extrema confianza, y sobre todo ponerme una alerta roja en lo que a sarcasmo e ironía se refiere. Expresar en oraciones descriptivas cortas y ordenadas (sujeto y predicado) aquello que quiero decir. Olvidar los recursos literarios para facilitar una comunicación simple y transparente. Olvidarme de pretender demostrar inteligencia superior, sobre todo si la relación realmente me interesa.
  2. Si se da la ofensa y estoy consciente de ella, saber disculparme. Con frecuencia pedir perdón resulta agresivo ("yaf, perdóname", "ya te pedí perdón, ¿qué más quieres?", "¿acaso no eres capaz de perdonar?") porque además de haber ofendido le damos a la persona en cuestión el trabajo extra de hacer el esfuerzo de perdonarnos, incluso si lo solicitamos cortésmente. Entonces, ¿qué hacer? Una vez que nos hemos percatado de la ofensa, manifestar nuestro pesar por haberla cometido ¿Cómo hacerlo?. Las palabras más efectivas son "lo siento", "lo lamento", "qué pena". Evitar excusas o justificaciones: "lo siento, pero es que...". Evitar también desplazar el sentimiento de culpa hacia la persona ofendida: "lo siento, pero es que tú dijiste (o hiciste, o creo que pensaste, o tú siempre)...", pues no estamos juzgando al ofendido, sino tendiendo un puente para la reconciliación y sobre todo resposabilizándonos por aquello que pudo haber molestado al otro. Nunca forcemos a la otra persona a tomar la responsabilidad de rehacer la reacción. Si está demasiado dolida, es preciso que manifestemos nuestro pesar por haberla ofendido, ofrezcamos disculpas (no pidamos -o exijamos - perdón) y luego le demos su tiempo para recuperarse del suceso. Controlemos la ansiedad por acelerar una reconciliación, que puede provocar situaciones de agresividad innecesaria. No presionemos.
  3. Si la reacción de la otra persona es desproporcionada, abandonemos el escenario, o si es por escrito, suspendamos la comunicación por un tiempo. Dejemos lo que se llama un ’período de enfriamiento’. Al cabo de unos días tal vez hayan bajado las aguas y podamos disculparnos con menos riesgo, pero no insistamos si continúa la agresividad.
  4. Es posible que nuestras disculpas sean mal recibidas o rechazadas. Esta circunstancia puede resultar extremadamente dolorosa, sin embargo, pensemos que, más allá de haber ofendido a alguien, ya hemos hecho nuestra parte por recuperar la relación y soltemos las riendas de la situación. Asumamos las consecuencias de nuestro descuido, mal carácter o impulsividad. Pongámonos un límite para intentar de nuevo: si en dos disculpas más vuelvo a recibir otro maltrato, sencillamente dejo de intentar y se lo entrego a algo más grande que yo.
  5. Pensemos que todos cometemos errores, no como excusa para seguir cometiéndolos, sino como una constatación de que somos seres humanos y no tenemos por qué ser perfectos. No dejemos que se dañe nuestra autoestima. 
  6. Recordemos que todos nos ofendemos más cuando las cosas que nos dicen o nos hacen resuenan en nuestro interior, o sea, cuando nos identificamos con el contenido de la ofensa. Esto no quiere decir que podamos seguir ofendiendo indiscriminadamente a todas las personas con el pretexto de que si se ofenden será su problema, pero si en algún momento enfrentamos rencores de por vida, reacciones desproporcionadas o groseras, o rechazo agresivo a la intención de disculparnos, tomemos en cuenta que eso ya no depende de nosotros. Es la otra persona quien debe hacerse cargo de su herida. 
  7. Estemos conscientes de la proporción de nuestra equivocación. No exijamos imposibles.
  8. Si la disculpa es bien recibida, puede ser que la persona, de todas formas, mantenga una actitud distante por un tiempo. No forcemos nada. Tanto si se pone distante como si no, a veces es conveniente añadir a la disculpa verbal una reparación: una nota, una tarjeta, un pequeño presente, una invitación a tomar un café... pueden resarcir las heridas y mejorar la relación. No sobreactuemos ni nos pongamos zalameros. Que todo lo que hagamos nazca de nuestro corazón.
  9. Puede darse el caso de que la otra persona reciba nuestras disculpas pero cada vez que recuerde el suceso nos lo haga saber. Si nos hiere, hablemos francamente de ello. De todas formas, un sincero y tranquilo "eso ya pasó", o "creí que ya lo habíamos superado" y pasar rápidamente a otro tema puede ayudarnos.
  10. No le concedamos alas a nuestro sentimiento de culpa. Todos somos humanos y el derecho a la equivocación es un derecho humano (o debería ser reconocido como tal). Sin embargo, recordemos que no podemos andar por ahí repitiendo los mismos errores a cada rato. La utilidad de las equivocaciones es precisamente que nos dan alertas para que evitemos repetirlas. Pongamos más atención en el futuro.
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cuando alguien nos ataca

cuando alguien nos ataca

Vengo de un entorno, de un medio, de una familia que construyó (y a veces sigue construyendo) sus relaciones a partir de las ofensas, los desaires y sus consecuencias. A mi alrededor se escuchaba constantemente la frase: "Nunca más..." y sus complementos podían ser "...le voy a dirigir la palabra", "... voy a poner un pie en esa casa", etc., etc., etc...

La ofensa no necesariamente era un ataque directo hacia una como persona. Tenía matices. Podía tratarse, por ejemplo, de no votar por el candidato que una prefería en las elecciones para Presidente de la República, otra clase de ofensa podía ser que alguien tuviera algo que una quería tener. También se deducían ofensas por inferencia: dijo esto pero en realidad quiso decir esto otro, contra mí, por supuesto; hizo esto solo porque sabe que a mí no me gusta, se lleva mejor con tal persona solo para fastidiarme...

Sin embargo, también existen los ataques reales, y lo sabemos: el grito destemplado, el insulto mordaz, el calificativo descomedido. En esta categoría no hay mucho a dónde moverse en el momento de decidir si es una agresión o no. Y lastima. Y enoja. Y, finalmente, ofende. En mi entorno, esto significaba generalmente una ruptura hasta nueva orden. Y la nueva orden casi siempre era una tragedia familiar (casi siempre una muerte) que ponía las cosas en su lugar... aparentemente, porque en la primera ocasión se sacaba a relucir que, por ejemplo, el 4 de marzo de 1958 me dijiste esto y en realidad me querías decir esto otro... ya se sabe cómo es.

Actualmente, parte de mi recuperación ha consistido en comprender una verdad profunda y tranquilizadora: lo que una persona hace aparente contra mí en realidad no es contra mí, es porque esa persona no sabe actuar de otra manera. Las palabras descomedidas, los gritos destemplados, los portazos e incluso las agresiones físicas (que se deben detener y denunciar, no nos equivoquemos) no nacen en mis acciones o en sus equívocos sentimientos hacia mí, sino en el funcionamiento intrínseco de su personalidad.

Esta comprensión me ha llevado a tres consecuencias:

  1. Moderar mi egocentrismo: no soy el centro del universo, la gente no está pendiente de mí, ni para agradarme ni para ofenderme. Por lo mismo, no tengo que andar por ahí ’infiriendo’ intenciones en las expresiones, palabras o actitudes ajenas.
  2. Liberarme de ataduras emocionales, sobre todo el resentimiento: no tengo por qué hacerme cargo de los sentimientos desagradables que otra u otras personas pueden proyectar hacia mí. Todo está en ellos, o en ellas. Estoy libre del peso de sus opiniones.
  3. Poner distancia sin sentirme culpable: me he despojado poco a poco de la idea de que yo he provocado todas las agresiones que se dirigen hacia mí. Si he sido descortés, poco amable o displicente, sé disculparme a tiempo y trato de hacerlo de la mejor manera; pero si se me agrede sin que yo comprenda bien por qué, o si se reacciona de una manera desproporcionada ante situaciones que no son para tanto, comprendo que mi única responsabilidad es ver por mí, o sea ponerme fuera del campo de tiro de alguien que no tiene autocontrol o que lleva en su corazón heridas tan profundas que no sabe relacionarse de otra forma. Y de mi parte poner atención a aquellas acciones o palabras que pueden tomarse como provocaciones.

No digo que todo está solucionado, pero de alguna forma, con estos pequeños ’tips’, la vida y la convivencia se vuelven más llevaderas.

mira un árbol

mira un árbol

Desde hace unas semanas vengo observando los árboles de mi ciudad. No me había percatado de cuán bello puede ser un árbol hasta estos últimos días. Me explico: los árboles están por todas partes, todavía tenemos esa fortuna aunque seamos tan desconsiderados con ellos. Adornan las avenidas, los parques, los jardines. Su serena y enhiesta presencia acompaña.

Sin embargo, y yendo un poco más allá, mirar un árbol es algo que trae paz al corazón. Lo he aprendido en estos últimos días: cuando me agobia la preocupación, cuando los temores comienzan a desatarse, cuando creo que va a pasar lo que nunca pasa o que no va a pasar lo que ya pasó, cuando empieza a atenazarme la incertidumbre por el futuro o me sorprende el asalto de los malos recuerdos, mirar un árbol me trae un remanso al alma que no había conocido antes. Me enfoco en la belleza de sus ramas, en la luminosidad de sus hojas temblando entre el viento y el sol, esa forma de filtrar la luz a través de su follaje, esa manera quieta de estar en el mundo. A algunos les han brotado flores y los visitan pajaritos: gorriones y colibríes.

Miro un árbol y no quiero sacar moralejas ni conclusiones para mi vida en la tierra. Solamente dejo que mis ojos se recreen en el presente que llena su existencia. Doy gracias por ese árbol que se cruza en mi camino cuando más lo necesito. Poco a poco los temores se diluyen, lo que no tenía que pasar no pasa, y lo que iba a pasar sucede a pesar de todo, pero casi nunca es tan malo como parece. Pido perdón a todos los árboles cortados del mundo por no haberlos defendido. Mis resentimientos se convierten en nada, los recuerdos tristes se esfuman. No temo. No envidio. No me preocupo. Los colibríes toman el néctar de las cucardas. La minúscula flor de tilo parece nieve sobre el verde de las hojas. La flor blanca de la palmera habla de renacer cada minuto.

Cuando todo parezca ensombrecerse. Cuando los latidos del corazón se desacomoden al paso del temor. O sencillamente cuando la vida te lo permita, mira un árbol. Y me cuentas.

soltar las riendas

soltar las riendas

Esta parte se me suele poner difícil. ¿Qué hacer cuando parece que las cosas se van a ’despeñar’ irremediablemente? No es fácil. La tentación nos aconseja ir al celular, perseguir, buscar, dar consejos, mandar mensajes de texto para controlar...

Sin embargo, y poco a poco, vamos comprendiendo el alcance de las herramientas que nos da el programa de Nar-anon: soltar las riendas tiene que ser eso, soltarlas. No importan las taquicardias iniciales, ni la tensión en el cuello, ni el dolor de cabeza. Es precisamente en esos momentos cuando se pone en juego la fe de cada persona y la confianza que ha podido adquirir en su Poder Superior.

¿Qué hacer en el momento de pánico?

Por difícil que resulte, hay que poner en juego la confianza, y saber que alguien más grande y poderoso que nosotros se ocupa de nuestro adicto y de nuestra vida también.Entonces, en lugar de estar dándole vueltas en nuestra mente a las preguntas angustiosas o a las suposiciones demenciales, podemos ocuparnos mental y manualmente en algo que nos distraiga de la obsesión controladora: hagamos ejercicio, tomemos un baño, leamos un libro tranqulizador. Si vamos a orar, no lo hagamos desde la angustia, sino desde la confianza y la tranquilidad de que un Poder Superior está al mando.

Hacer una llamada telefónica también es una solución válida en estos casos. Compartir nuestros sentimientos y temores con nuestra madrina, con nuestro padrino, con alguien del grupo de apoyo o del Programa, con un amigo o amiga de confianza que sabemos que nos tratará con sensatez y calma. 

Soltar las riendas no es una tarea fácil. Sin embargo, en la práctica se irán puliendo los detalles y sobre todo aprenderemos a observar poco a poco cómo esta confianza en algo más grande y poderoso que nosotros resulta en beneficios para nuestra recuperación.

es mucho más que un adicto...

es mucho más que un adicto...

Con frecuencia los familiares o amigos codependientes de un adicto nos enfocamos en la adicción como condición, en sus implicaciones y problemas y en el hecho siempre complicado de vivir con una persona que consume alcohol o drogas. En este camino, definimos nuestra vida en torno a la adicción, ya sea para victimizarnos o victimizar a la persona adicta, o para proclamar nuestra supuesta fortaleza ante la tremenda prueba de vivir con un adicto. Así, nos centramos en su adicción, y tal vez inconscientemente la alimentamos como la única característica de la vida a la que merece la pena prestarle toda nuestra atención.

Sin embargo, esa persona que consume drogas o alcohol, que tal vez se encuentra en una etapa crónica o crítica de su enfermedad, es más que eso. Tiene otras características. Tiene (o tuvo) sentimientos y cualidades que muchas veces pasamos por alto, imbuídos como estamos de resentimiento, angustia y pánico ante los avatares de su condición.

Es importante que, por severa que sea la situación, busquemos en su personalidad y en nuestra memoria todas aquellas características, cualidades y formas de ser que no son la adicción. Si nos ayuda, podemos hacer una lista escrita.

Como familiares o codependientes de una persona con adicción, es muy posible que conservemos en nuestra memoria una serie de recuerdos de los malos momentos vividos. Sin embargo, también existirán recuerdos de instantes que compartimos con amor y alegría, detalles y gestos de aquella persona que nos arrancaron una sonrisa o que nos hicieron sentir alegres y hasta felices, pues de otra manera no lo amaríamos ni nos importaría tanto. Si es necesario, también podemos escribir una lista de aquellos momentos, forzándonos a recordar incluso los sucesos de su edad temprana, cuando su sola existencia nos proporcionaba felicidad.

Una persona que sufre de adicción no es solo un adicto. Su vida tiene otras facetas, esté o no en un proceso de recuperación: su sonrisa es encantadora, lucha contra su mal, cocina bien, canta aceptablemente, nos ofrece su dulzura y su apoyo, tiene unos ojos preciosos, es talentoso... Observemos su sensibilidad, su inteligencia, sus detalles cotidianos. Y quién sabe, si nos enfocamos en los aspectos de su vida que van más allá de su condición, es muy posible que ellos florezcan y se dejen notar cada vez más y mejor. Porque toda persona que sufre de adicción es mucho más que un adicto o una adicta: es un ser humano único e irrepetible, deseado por Dios y el Universo desde el principio del tiempo.

la lección del granizo

la lección del granizo

El sábado pasado en Quito, la ciudad donde vivo, cayó una granizada espectacular. Y hubo los problemas de siempre, claro, sobre todo a nivel de tránsito y de circulación por las calles.

Sin embargo, esa no es la lección de la que me gustaría hablar hoy, sino más bien de otra: el granizo cubrió de blanco el parque de la Carolina, en el centro norte de la ciudad. Aquí, en una parte del mundo en la que la única nieve disponible es la de los nevados, de repente la gente se sintió transportada a otro tiempo, a otro lugar, y con una capacidad de asombro que los quiteños promedio parecíamos ya no tener, salieron a regodearse con el granizo: hicieron muñecos, se arrojaron "bolas de nieve", sintieron el frío en los pies descalzos... en fin, fueron felices.

Y fueron felices con poco. Con el instante en que se rompió la rutina cotidiana de una tarde de sábado.

Yo me pregunto, ¿será difícil en el resto de la vida enfrentar esas roturas de la rutina cotidiana como lo hicieron los quiteños la tarde del 26 de noviembre? ¿Será posible dejar de quejarse, de lamentarse, de ver en qué nos afecta todo, y simplemente asombrarnos y salir a ser felices con lo que hay a la mano? ¿Será que todavía podemos maravillarnos, encontrar al niño o a la niña que llevamos dentro y tomar como un regalo del cielo cualquiera de esas granizadas imprevistas con que la vida nos sorprende a cada paso?

Ojalá que así sea.

Siempre.

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la perfección

la perfección

Asisto a una ceremonia de acogida a estudiantes excelentes en una sociedad de honor. Son chicos admirables, obviamente. Buenos alumnos, líderes, solidarios, con carácter. Así dicen los discursos, los aplausos, las miradas de sus madres, brillantes de lágrimas emocionadas.

Me pregunto, ¿y los que no lo son?

Aclaro: no estoy en contra de que se premie lo que hay que premiar. Y aunque me tiente, tampoco pretendo hablar desde la envidia o la frustración.

Sin embargo, pienso en mi hijo adicto buscando su recuperación día tras día, peleando denodadamente con ella cada segundo, esforzándose por sostenerse de su poder superior minuto a minuto. Encontrando su premio en la cotidiana alegría de saberse limpio solo por un día más.

Y pienso en mi hija, que tampoco está catalogada como excelente: en el apoyo que me da, en la fuerza de su risa, de su entereza, del amor por su hermano y de su constante lucha por hacer de la vida un lugar bello y seguro.

Esa es mi sociedad familiar de honor, me digo.

Y ya de nuevo puedo sonreír sin trabas.

nuestra propia recuperación

nuestra propia recuperación
  1. Aprenda a centrar su atención y su energía nuevamente en su propia vida. Deslíguese del adicto con afecto.
  2. Examine su propia conducta y sus actitudes. Usted es la única persona a la que puede cambiar, de modo que dedíquese a ello.
  3. Conserve su dignidad.
  4. Perdónese a sí mismo. Aunque haya cometido errores en su trato con el adicto en el pasado, usted no sabía como proceder de otra manera en aquel momento. Téngase compasión.
  5. Viva el presente. No anticipe problemas ni se demore en el pasado, pues eso le restará energías para luchar eficazmente con los problemas de hoy.
  6. Busque apoyo en su vida, usted también. No se aísle, manteniéndose centrado en el adicto.
  7. Consígase una vida propia y satisfactoria, que incluya distracciones, actividades de su interés y simple diversión.

cómo tratar con el adicto en recuperación

cómo tratar con el adicto en recuperación
  1. Recuerde que la recuperación es un proceso que dura toda la vida. No espere una cura instantánea.
  2. Es posible que por un tiempo le resulte difícil confiar en la persona en recuperación.
  3. Prevea que habrá altibajos, y tal vez hasta recaídas, como parte del proceso de recuperación.
  4. Tenga pensado cómo manejar un desliz (a quién llamar, qué medidas tomar). Una vez que se haya formado un plan de acción, distiéndase y viva el presente. No se trata de esperar que se produzca un desliz sino de estar preparado para afrontarlo en caso de producirse. Tener un extinguidor en su casa no significa que usted viva esperando un incendio, sino que  está preparado para actuar en caso de que lo haya.
  5. No trate de proteger a la persona en recuperación de los problemas familiares normales.
  6. No trate de controlar su recuperación verificando si asiste a las sesiones de terapia, llamado a sus terapeutas o sermoneándola acerca de los encuentros de autoayuda. No se inmiscuya tratando de averiguar lo que sucede en las sesiones.
  7. Proporcione apoyo y afecto al adicto cuando le sea posible. Aliente el esfuerzo que él está haciendo ahora, aunque a veces le parezca que es “muy poco y demasiado tarde”.
  8. Usted puede sentirse no necesitado por la persona en recuperación. Tras haber estado a su lado durante todas las crisis de la adicción, tal vez se sienta excluido de su proceso de recuperación.
  9. No espere que la persona en recuperación exhiba ahora un continuo entusiasmo, tan sólo porque está en vías de recuperarse. Permítale mostrarse irritable, ansiosa, infeliz.
  10. También permítale estar feliz o entusiasmada. Quizás usted sienta que no tiene derecho a estar feliz después de todos los problemas que su adicción le creó a la familia. No se aflija y deje que las cosas sigan su curso.
  11. No espere que la recuperación del adicto resuelva todos los problemas de la familia. De hecho, es posible que otras cuestiones –algunas de las cuales fueron pasadas por alto o eludidas mientras el foco de atención era el problema adictivo- se  hagan ahora más evidentes.

 

los doce pasos de los codependientes anónimos

los doce pasos de los codependientes anónimos

 

- (Adaptación de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos)

  1. Admitimos que éramos impotentes respecto al poder sobre los otros y sentimos que nuestra vida se había vuelto ingobernable. 

  2. Llegamos a creer que un Poder Superior a nosotros podría repararnos y devolvernos el equilibrio. 

  3. Resolvimos confiar nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de Dios, según nuestro propio entendimiento de él.


  4. Sin temor hicimos un minucioso exámen de conciencia.


  5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otros seres humanos la naturaleza exacta de nuestros errores.


  6. Estuvimos enteramente dispuestos a que Dios eliminase todos estos defectos de carácter.


  7. Humildemente pedimos a Dios que nos librase de nuestras culpas.


  8. Hicimos una lista de todas las personas a las que habíamos perjudicado, y estuvimos dispuestos a reparar el mal que les ocasionamos.


  9. Reparamos directamente el mal causado a estas personas cuando nos fue posible, excepto en los casos en que el hacerlo les hubiese infligido más daño o perjudicado a un tercero.


  10. Proseguimos con nuestro exámen de conciencia, admitiendo espontáneamente nuestras faltas en el momento de reconocerlas.


  11. Buscamos a través de la oración y la meditación, mejorar nuestro contacto consciente con Dios como nosotros lo concebimos, pidiéndole sólo que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla.

  12. Habiendo logrado el despertar espiritual como resultado de estos Pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros codependientes, y practicar estos principios en todas nuestras acciones.
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solo por hoy

solo por hoy

 

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de m i vida todo de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mi mismo.

3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9. Sólo por hoy creeré firmemente aunque las circunstancias demuestren lo contrario- que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.


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